miércoles 13 de enero de 2010

Kreuzverkehr - Capítulo 7: Wiederbehauptung

Sacó de la bolsa la máscara anti-gas, que se trataba más bien de un casco, ya que cubría toda la cabeza, y que era toda ella negra. La parte frontal, la de la cara, era rígida y tenía practicadas sendas aberturas a la altura de los ojos, que parecían dos decimonónicos ojos de buey, de plástico transparente y rematados de metal plateado. A la altura de la nariz y la boca crecía el filtro, que era grande, pesado y sobresaliente, como un pequeño colador de metal oscuro ensamblado directamente a la máscara con más pragmatismo que gusto estético. El resto del artefacto era de piel no muy elástica y contaba, a la altura de la nuca, con un par de correas de hebillas negruzcas para ajustar el invento al cráneo, cosa que Eve hizo inmediatamente al colocársela. A continuación, se rodeó con el cinturón, de cuero negro y hebilla plateada también, a conjunto con el resto de material, que llevaba acopladas gracias a unas sujeciones metálicas las granadas, que en vez de tener forma de piña, como había imaginado, eran más parecidas a una lata de conservas con una etiqueta de advertencia muy poco alentadora y sin fecha de caducidad.

Seguidamente, entró por la ventana y echó un ojo a la casa desde la penumbra del umbral de la cocina. Del piso de arriba brotaba una música ensordecedora, en un idioma desconocido, posiblemente rumano, por el tipo de orquesta, la voz agitanada y el ritmo de polka. En el salón, contiguo a la cocina, una señora Vykidka evidentemente ebria y en picardías rosa, transparente y con lacitos, reía a carcajadas viendo una serie americana de comedia. Llevaba unos auriculares puestos, para concentrarse sólo en el sonido que acompañaba al hombre del televisor de plasma de setenta pulgadas, cuyos chistes Eve no podía apreciar.

Tomó como una gran fortuna que la mujer estuviera aislada del ruido que generaba su marido, y decidió aprovechar esto para atacar primero al hombre. Subió con muchísima precaución las escaleras que menaban al piso superior, con la espalda pegada a la pared para aprovechar las sombras que se creaban en el lado opuesto al hueco de la escalera, como si se tratara de un espía de película.

Lo primero que vio al llegar al segundo piso fue un pasillo bien iluminado, que guiaba a varias habitaciones, una de ellas la que emitía aquél escándalo atronador. Ojeó durante unos instantes inacabables el corredor. No había ni un sólo movimiento en él, pero se planteó la posibilidad de que apareciera Julius inesperadamente.

Repentinamente le entró el pánico pensando en ser atrapada por un violento proxeneta. Ni siquiera estaba siendo capaz de imaginar qué podrían hacer los Vykidka con ella, estaba completamente paralizada, aterrorizada escuchando el susurro de las gotas de sudor que resbalaban por su nuca, la respiración artificial y sibilante que se escabullía por el filtro de la máscara y el latir desbocado de su corazón. La música no se detuvo en ningún segundo, pero ella creyó volverse sorda poco a poco, porque estaba dejando de percibirla. Al borde del pánico, Eve sintió, como en una revelación, que ahora sólo tenía una oportunidad de salir ilesa de aquella escena, y era a cambio de la vida de los dos criminales. Dudar sólo un poco más podía ser su ruina, la rapidez era clave y, junto con el factor sorpresa, un arma que no podía desperdiciar.

Pasó a la acción inmediatamente, en un impulso epinefrínico: tiró de la anilla que activaba la granada de gas y la lanzó pasillo adentro. El KV-zyklonfosgene comenzó a brotar de ella como de una olla de vapor y sus microscópicas partículas blancas ascendieron un poco del suelo para expandirse rápidamente por todo el pasillo. Al comprobar el efecto predicho, Eve se echó al suelo, reptando tan agachada y pegada a la pared como le era posible, como lo haría una lagartija, intentando vislumbrar los pies de un quizá ya moribundo Vykidka entre el cúmulo de gas.

No fue esto lo que vio al avanzar por el corredor, sino cuatro puertas, dos de ellas cerradas y sin luz escabulléndose de sus rendijas, y otras dos abiertas de par en par a cuartos bien iluminados. Por lógica Julius debía encontrarse en alguna de esas dos cámaras, la primera más cerca de ella, a su izquierda, y la segunda al final del pasillo, a la derecha. La de la izquierda ya había sido algo contaminada por el gas, que jugaba a dibujar espirales halógenas con los rayos de luz que se colaban entre aquella nube extrañamente corpórea y decidió examinar primero ésta, inicialmente asomándose un poco para ver si su víctima se encontraba en ella y luego, y debido a la indefensión que le hacía sentir la reducción de visión que suponía la máscara, introduciéndose en la habitación con mucha cautela, siempre con la espalda contra la pared.

Dentro no encontró al malhechor, sino el mobiliario de toda una sala de ocio con dos sillones y un sofá biplaza, un potente equipo de sonido que era el que escupía aquella música que parecía querer abatir las paredes al ritmo de la tuba, una diana electrónica para jugar a dardos y un mueble-bar gigantesco cuyas vitrinas mostranban sus entrañas de cristales de botella y vasos de todo tipo. Cerca de él, una mesita con una mini-nevera entreabierta y llena de hielo y un posa-vasos mojado ponían de manifiesto el seguramente estado de embriaguez de Julius.

El gas del corredor comenzaba a disiparse, aún con mucha lentitud y para no desaprovechar la excelente cobertura que le daba, decidió encaminarse a la otra habitación iluminada, con más decisión ahora. Dentro del cuarto también había una nube, pero de distinta índole: el sonido del agua corriente y la temperatura del aire le indicaron al instante que se trataba del baño. El vapor de agua y el KV-zyklonfosgene se estaban mezclando y generaban una suave y etérea corriente, que fluía como si tuviera que nacer un djinn de su combinación. De entre éste flujo surgió Eve ante los ojos de Julius Vykidka, que al verla comenzó a incorporarse en la bañera donde hasta el momento había estado haraganeando, primero resbalando torpe, ridículamente, a continuación mostrando un cuerpo de enjuto cincuentón en baja forma, descuidado y arrugado por el baño, lleno de cicatrices y cuyas rodillas temblaban patéticamente por el sobresalto.

Su cabeza pelada apenas pudo emitir un ruido de asombro, indignación o auxilio, porque Eve, con mucha celeridad y desviando la mirada pudorosamente, para no ver los genitales de aquella momia, retiró el seguro de la granada y la lanzó al interior del cuarto de baño, para cerrar la puerta tras de sí seguidamente. Julius reaccionó demasiado tarde e intentó escapar con demasiada lentitud: a duras penas consiguió localizar la puerta y estando ya ciego, sus fuerzas habían menguado lo suficiente como para que Eve pudiera retenerle manteniendo la habitación cerrada.

Como le preocupaba que la señora Vykidka pudiera haberse aburrido de reír estúpidamente con el programa que estuviera viendo, Eve bajó en cuanto dejó de notar la fuerza de Julius tratando de liberarse. Pero Klaudia no se había movido un centímetro de dónde la había dejado y como tampoco se daba cuenta de la presencia de ella, procedió a eliminarla sin más dilación.

Con mucha tranquilidad activó la granada y la lanzó a los pies de la condenada que ni siquiera tuvo el instinto de girarse para ver quién la estaba ejecutando. Se limitó sencillamente a observar cómo escapaba el gas, que en pocos segundos la rodeó hasta engullirla. Los fliqueos de RGB del televisor recortaban la silueta de la mujer, que intentó ponerse en pie y respirar aire limpio sin éxito. Con dificultad consiguió arrastrarse fuera de la acumulación de veneno pulverizado que se cernía sobre ella, sacando la cabeza rubia, malteñida y desgreñada, maquillada vulgarmente, y el cuello y los brazos escuálidos y endurecidos, sin dejar de toser y lanzar estertores y boqueando como un besugo fuera del agua.

Eve la contempló con impasibilidad, pensando que le estaba bien empleado, hasta que se quedó inmóvil, algo después de que dejara de brotarle sangre de la nariz y la boca, cuando el gas ya comenzaba a convertirse en moléculas sólidas, como polvo cósmico posándose sobre un planeta remoto, muy lejos del calor de cualquier astro. Después subió a echar un breve vistazo al baño donde había abandonado a Julius, para corroborar que también estuviera fiambre. El KV-zyklonfosgene se estaba depositando como micronésimas partes de copos de nieve sobre un cadáver que parecía una cucaracha petrificada por un insecticida eficaz.

Se sentía estupendamente, como una heroína después de una dura jornada de trabajo salvando a la humanidad. Su cuerpo hormigueaba y descargaba una sana tensión, como si acabara de bajar de una montaña rusa. Lo único que empañaba su bienestar era haber estado expuesta al gas, aunque sólo fuera a través de la piel de los brazos. El producto no era dañino para la piel, pero estaba segura de que no podía ser bueno. Salió de la casa y sólo estando ya al aire libre se quitó la máscara y los guantes. Se cambió de ropa de nuevo y acompañada de la bolsa, volvió a la estación de tren. Tuvo que esperar media hora hasta el siguiente convoy. En cambio, el metro, después del transbordo, llegó enseguida. Cuando volvió a su casa eran sólo las doce y media. Sus padres, aún despiertos, le preguntaron si se había divertido con sus amigas y ella contestó que sí, mucho, pero que iba a darse una ducha rápida antes de acostarse y luego a dormir, porque estaba agotada (esto era verdad y así lo hizo).

Tras echar su ropa a lavar, habiéndose aseado en profundidad, tal y como recomendaba Lou en las instrucciones, se sintió a salvo de envenenarse a través de la piel y se puso el pijama y se cepilló los dientes con mayor serenidad. Se acostó pensando en que devolvería el material a la mañana siguiente (así lo hizo) e imaginando su cita siguiente con Lou, concertada para la tarde del lunes. Mientras dormía, sonreía suavemente.