jueves 23 de abril de 2009

Kreuzverkehr - Capítulo 5: Kreuz

Habían ido a la iglesia donde hablaron el día en que se conocieron. Esta vez, Eve había intentado acercarse más a Lou, y habían caminado como si pudieran cogerse de la mano.

Dentro, él se sentó y le indicó con un gesto que le imitara.

- Gracias al micro pudimos oír todo lo que te sucedía durante el trabajo, de hecho estuve escuchando yo mismo en directo. No estoy aquí para decirte nada negativo, al contrario, a todos nos pareció que te moviste con una gran seguridad, estamos muy satisfechos – él no dejaba de sonreírle, suave y amablemente, con una aprobación que a Eve le parecía primera, desconocida hasta el momento, como si fuera la primera frase positiva que oía sobre ella en toda su vida -. Sólo quiero saber cómo estuviste, cómo te sentiste… - ella puso una expresión de confusión, como si no supiera por dónde empezar, quizá por eso él pareció dar un rodeo - ¿Te gusta el uniforme? ¿Te sienta bien, estás cómoda?
- Me gusta mucho, es bonito… - recordó el sueño en que lo vio por primera vez, y se sonrojó por ello y por lo que dijo a continuación – Pero, Lou, me entra el aire por la falda… ¿Puedo llevar medias?
- ¡Pues claro que puedes llevarlas, Eve! – él se rió y luego le puso una mano en la cabeza, fraternalmente, despeinándola un poco. Era la primera vez que ella le veía actuar con cierta espontaneidad y naturalidad y pudo notar el ligero peso de la mano de él sobre el pelo un rato después de que él la hubiera retirado –
- Y también… se me ha ensuciado en la alcantarilla, Lou…
- Siempre que quieras lavar el uniforme, puedes dejarlo (dentro de la bolsa) en ese confesionario de allí – le señaló el que había un poco apartado de la zona de las ceremonias – los lunes durante la misa. Son lavados y preparados para la siguiente misión, yo te lo traeré junto con las nuevas instrucciones. A parte de eso, la verdad es que estamos impresionados, podemos oír tu respiración por el micrófono y hemos hecho cálculos… Al menos, físicamente, estabas relativamente tranquila… ¿No tenías miedo de ser descubierta, no te entró ansiedad?
- Me limité a hacer lo que me habías indicado – dijo dubitativamente -.
- Me alegro de que confíes tanto en mí – volvió a mostrarse satisfecho, buscando con la mano dentro de la gabardina la libreta y el bolígrafo, que extrajo a continuación, para escribir: “No te dije que te quedaras hasta el final, pero estoy feliz de que lo hicieras porque es un requisito para Kreuzverkehr que no te dé reparo ver morir a nadie. Si ahora no fueras capaz de ver morir a alguien a quien matas indirectamente, serías incapaz de matar a nadie directamente” -. Pero tu reacción demuestra que estás preparada para ser de los nuestros, ya que hasta ahora estabas bajo evaluación. Bienvenida, Eve.

Él procedió a guardar los útiles de escribir y sacó un estuche negro aterciopelado. Lo abrió y le mostró a ella el contenido: en un mullido acolchado blanco, reposaba un bello rosario rojo, como de cristal translúcido. La cruz, grande como un pulgar, bien proporcionada, reposaba rodeada de unas cuentas perfectamente esféricas, muy separadas unas de otras y unidas por un fino hilo transparente, que aparentaba no existir. Tenía algo de etéreo y brillaba como con luz propia bajo los rayos de sol oblicuos que penetraban en la iglesia por los ventanales.

Él lo sacó del estuche cuidadosamente y lo colocó alrededor del cuello de Eve. Ella se sintió emocionada al ver las manos de Lou tan cerca de su cara, como si un gran poder emanara de ellas para distinguirla del resto de seres del universo. El peso de la cruz cayó sobre su pecho con una fuerza inesperada: el rosario, que parecía ligero a la vista, era en realidad como el plomo.

- Llévalo contigo siempre que te sea posible.

Él sacó de debajo de su ropa negra uno idéntico, sin dejar de sonreírle con complicidad, y ella se dio cuenta de que el lastre del rosario no era físico, sino espiritual. Ahora estaba unida a Lou, unida con una cadena, y era definitivamente parte de su mundo, de su estatus.

- Aquí viene la explicación de tu próximo trabajo, Eve – y le tendió un sobre grande, como para mandar gruesos de folios, aunque iba medio vacío -. Incluye además una dieta y un programa de ejercicios, para que te pongas en forma. Si no puedes ir al gimnasio sin llamar la atención tendrás que hacerlo sin monitor. Sé que es difícil, pero los ejercicios se explican con anotaciones sobre qué debes y no debes notar haciéndolos, así que si sigues el documento al pie de la letra, no deberías hacerte daño – hizo una pausa y luego se puso en pie -. Me voy ya.

Se encaminó hacia la puerta. Al abrirla, el sol de la tarde le bañó con un contraluz extraño. En ese momento, él se volvió y dijo:

- Me siento orgulloso de ti, Eve.

Luego se fue. Ella no había podido ver con claridad su mirada en aquella última frase, pero notaba su corazón yendo más deprisa bajo de la cruz, que guardó dentro de la blusa. Cogió el sobre que había dejado él y se encaminó a casa.

Esta vez regresó en bus, ya que vio uno que pasaba cerca de su calle, convenientemente. Pudo observar la gente de la calle durante el trayecto, y le parecía que los humanos ya no tenían nada que ver con ella, que eran algo lejano y distinto, abstracto. Ella era en algún sentido diferente, especial, superior.

Se había quedado anclada en su mente la expresión amable de Lou, que se le hacía pura y auténtica, como nunca antes ningún otro gesto. Estaba convencida del interés que generaba ella en él, y deseaba con toda su voluntad contentarle. Esperaba poder matar a alguien pronto para verle antes.

Había olvidado completamente la desconfianza que le había asaltado en primer lugar al conocerle, cuando él había hablado como un auténtico acosador. Todavía no había reparado en el enorme poder, la inversión de tiempo y recursos que supone vigilar a alguien hasta el punto de conocerle como él parecía conocerla a ella. Ni se había fijado en el extraño plural, que sonaba mayestático, que había usado Lou durante algunos momentos de la conversación.

Mucho menos pensaba en que matar a alguien fuera algo que mereciera ser penado por la ley. No tenía la menor consciencia de ser una asesina: se sentía más bien haciendo algo bueno por la sociedad.