jueves 7 de enero de 2010

Kreuzverkehr - Capítulo 6: Änderung

Después de la cita con Lou, pasaron tres semanas de intensa preparación para Eve (y un lunes de San Valentín ligeramente menos deprimente que los anteriores) hasta el día de su segunda ejecución, que iba a ser doble.

Aquél viernes se había inventado unas amigas, a cuya casa iba a ir a ver unas cuantas películas después de cenar, con la intención de tener una excusa para volver a la hora que le surgiera después de su jornada laboral.

Salió de su casa a las diez en punto de la noche, habiendo hecho un cálculo de cuánto podía tardar en llegar a su objetivo gracias a Google. Tomó primero el metro hacia la estación de tren más cercana y conveniente. En este punto sintió que empezaba a transpirar una euforia desmedida: era el ansia de adrenalina, la adrenalina que había sentido al asesinar a Welsch. Fue consciente de que se había obrado un cambio en ella e hizo una regresión mental para reconstruir su evolución de los últimos días.

El mismo día en que obtuvo las indicaciones de Lou había solicitado a sus padres que integraran la dieta que le había facilitado en la confección de los menús para la familia, alegando que era una petición del médico del colegio, que les había hecho la revisión ese mismo día (en realidad había sido el septiembre pasado, pero ella hablaba tan poco de su vida en el colegio que sus padres no estaban enterados). Con el mismo pretexto había solicitado que la apuntaran a un gimnasio.

El lunes siguiente había comenzado una nueva dieta que reforzaba la ingestión de proteínas e hidratos de carbono (de hecho, en comparación a la poca cantidad de comida que consumía Eve, reforzaba la ingesta de todo: fruta, verdura, lácteos...). Ese mismo día, después de la media hora que dedicaba después de clase a hacer deberes, había entrado en un gimnasio por primera vez. Tenía un entrenador personal (compartido con medio gimnasio) que le indicó cómo debía hacer los ejercicios recomendados, que eran básicamente para ganar fuerza y flexibilidad.

Al cabo de dos semanas se había generado para Eve una nueva necesidad: la de sentirse en forma. Estaba conociendo una faceta de ella sobre la que nunca había reflexionado: era bastante competitiva y disfrutaba sintiendo cada una de las pequeñas mejoras que experimentaba su cuerpo con su nuevo estilo de vida saludable, y al principio, como en todo, estas mejorías le llegaban sin cesar. El ejercicio, después de pasar todo el día estudiando, le tonificaba cuerpo y mente y pronto fue más consciente de su propio rendimiento, tanto académico como físico.

Estaba más centrada en clase también y reservaba las horas de ejercicios en el gimnasio para fantasear sobre Lou, a quien había comenzado a idealizar desmedidamente. Hacía esfuerzos para dibujar sus rasgos en su memoria, ya que tampoco le había visto tanto como para tener su rostro tan presente como deseaba.

El lunes antes de su segundo encargo se había apuntado también a aerobic, y debido a que las clases que le convenían por horario sólo eran los días impares de la semana, los otros días usaba ese mismo tiempo para correr. Mientras corría no tenía nada más con que distraerse que sí misma, y pronto empleó ese tiempo para pensar en Lou también, ignorando casi voluntariamente los rasgos de él que no le gustaban, como su carácter frío y distante, o las palabras provocadoras que había usado el primer día en que se vieron, que habían sido un alarde de soberbia. Pensaba solamente en aquello que le gustaba de él, como su sonrisa de aprobación, y comenzó a proyectar en él una personalidad que realmente sólo intuía: le hizo caballeroso, protector, refinado...

Eve detuvo sus pensamientos al llegar a la estación, donde, según lo planeado, debía conseguir el material para el encargo. Localizó las taquillas y luego buscó la número 36. Era una de esas taquillas que se cerraban marcando una combinación con una pequeña rueda, como las cajas fuertes de las películas. Introdujo la clave (3696) sintiendo que su convicción crecía con cada clic del mecanismo: se sentía completamente segura de sí misma y con la necesidad de matar. Quería averiguar cuánto podía mejorar en este ámbito con sus nuevas facultades y los cambios que estaba experimentando. Recogió la bolsa de deporte ya conocida, repasó con un vistazo que contenía lo vaticinado (uniforme, botas, guantes de látex, una bandeja de carne envasada, máscara de gas y un cinturón con granadas de gas) y se dirigió al andén donde esperaría tres minutos más de lo debido al tren que debía tomar, el cual la acercaría hasta la residencia de sus víctimas.

Ya en el convoy, repasaba en su mente la información que había obtenido sobre los condenados: Klaudia y Julius Vykidka. Se trataba de un matrimonio no muy bien avenido que llevaba tiempo haciendo fortuna esclavizando chicas en los países de la antigua URRS para mandarlas a ejercer la prostitución en Europa occidental. Gracias a la inteligencia de Klaudia, los Vykidka llevaban el negocio familiar limpiándose las manos con el dinero que pagaban a algunos oficiales corruptos, de forma que ninguna de las redadas e investigaciones de la policía había conseguido encarcelarles definitivamente, lo que significaba que tras cada golpe lograban reconstruir su trama de delincuencia. Detener una red de trata de blancas era una misión imposible para Kreuzverkehr, pero si conseguían neutralizar totalmente los líderes del entramado, la policía sería capaz de hacer el resto y desarticular la banda de una vez por todas.

Ahí era donde entraba en escena Eve, aprovechando, como en la anterior ocasión, una debilidad de su objetivo. Los Vykidka tenían un chalet en una urbanización cercana a la ciudad. Allí pasaban los fines de semana, de vez en cuando reunidos con sus indeseables socios, pero casi siempre haciendo vida de pareja no muy avenida. En esas noches contaban con la única protección de dos dobermanns adiestrados para cazar y matar cualquier desconocido.

Eve debía acercarse a distancia prudente de los animales, lanzarles la carne, que contenía un potente somnífero, esperar a que se durmieran para encadenarles con las correas que los propios Vykidka reservaban para tal fin al lado de la caseta de los canes e introducirse con máxima precaución en la vivienda, para gasear a la pareja hasta asfixiarla.

Esta parte del plan la había tenido gravemente preocupada el día anterior, en que se había dado cuenta de que, a diferencia de Welsch, sus nuevos objetivos contaban con una gran ventaja física: no sólo los perros eran a nivel práctico un arma letal en toda regla; los Vykidka irían armados con toda seguridad, sabrían usar sus armas mejor que ella e incluso en caso de estar desarmados lo más lógico era que fueran superiores en corpulencia, fuerza y destreza. Ella sólo contaba con la ventaja de la sorpresa y ninguna defensa,aunque según la información anotada en las instrucciones, el KV-zyklonfosgene contenido en las granadas estaba diseñado para cegar y desorientar al gaseado en menos de cinco segundos, y asfixiarle hasta la muerte en un sólo minuto. Era un arma eficientemente efectiva que debía usar desde la invisibilidad: si los Vykidka detectaban su presencia, un minuto era tiempo de sobras para matarla o reducirla. Temía más que ninguna otra ésta última posibilidad, ¿quién podía imaginar qué harían con ella si la capturaban?

Aún así, empujada por la imagen que se había hecho de Lou, había decidido confiar en él y llevar a cabo lo planeado. Él jamás la dejaría en situaciones demasiado arriesgadas, no la había expuesto en su primer asesinato y no lo haría en adelante. Si la había enviado a aquel lugar, era porque la había juzgado capaz, y ella debía demostrar que lo era. Durante aquella tarde había estado mentalizándose para ello. Pondría toda su concentración, sus sentidos, su serenidad en ello.

Moralmente, por otro lado, no tenía ningún inconveniente en matar a ese par de ratas, sino al contrario. Eran el tipo de persona que más repugnaba a Eve: hacían sufrir a gente inocente para enriquecerse e invertir ese dinero sucio en no quería imaginar qué vicios y adicciones.

Había estado reflexionando sobre este aspecto en los últimos días y había llegado a una conclusión cuasi filosófica: como agente de Kreuzverkehr, su misión sería la de eliminar aquellos elementos nocivos para la sociedad que escapaban incluso de la policía. Sintetizado, se trataba de erradicar el pecado del mundo, poco a poco, dando ejemplo y castigando a aquellos que lo cometían. Ésta podía ser también una máxima que rigiera su vida, perfeccionándose a sí misma en el arte de impartir justicia y ser bondadosa y reprochando sus errores a aquellos que anduvieran por el camino torcido.

Finalmente había llegado a la estación. Se bajó del tren, salió de la estación y se dirigió en línea recta través de un bosquecillo hacia el chalet de los Vykidka. Ya con uno de los muros que rodeaban el jardín ante sus ojos, escondida entre unos arbustos, se puso el traje de faena y las botas (llevaba puestas unas medias negras desde casa para eludir el todavía frío clima, tal y como había solicitado). Por último, se puso los guantes, abrió la bandeja precintada con papel film y extrajo de ella cuatro filetes de ternera de primera calidad que aún goteaban sangre. Con ellos en la mano, volteó el muro de la casa hasta llegar a la verja de la entrada principal.

Allí estaban los dos perros que, al verla y seguramente alertados por el olor de la carne, se lanzaron contra la cancela ladrando, y con una fiereza enloquecida golpeaban con las patas los barrotes de la reja y sacaban la cabeza entre ellos. La alerta de los canes fue tan veloz e imprevisible que Eve cayó al suelo de culo, soltando la carne y conteniendo un grito. Pronto se dio cuenta de que si no actuaba rápidamente, los profundos e histéricos ladridos que escapaban de las fauces de las bestias la delatarían. Recogió los filetes y los lanzó cerca de los perros, dentro del jardín. Uno de ellos, que tenía las costillas marcadas como una doble columnata corriendo a lo largo de su pelaje negro, se abalanzó sobre el filete más cercano, que comenzó a devorar. El otro siguió aullando a Eve un poco más, pero ella estaba paralizada por la impresión que le causaba la presencia del animal, el brillo de sus afilados colmillos, así que finalmente el dobermann se cansó de ladrar a la nada y procedió a devorar la carne que todavía quedaba.

Al poco de ingerir el presente que les traía Eve, los perros cayeron en un letargo tan pesado como sus propios cuerpos. Ella descorrió el cerrojo de la verja, la abrió lo justo para pasar a través de ella y flanqueó las bestias durmientes en dirección a su caseta, que podía ver al otro lado del jardín. La correa de los animales no alcanzaba para atarlos desde donde estaban, por lo que tuvo que cargar con ellos y arrastrarlos dos o tres metros para poder encadenarles.

Cuando acabó y antes de introducirse en la casa, les dedicó una mirada piadosa: aquellos canes eran también esclavos de sus dueños y su fiereza se debía sin duda al maltrato y al hambre que sufrían. El aspecto sin brillo y descarnado de sus pellejos y el plato para comida lleno de mohosa agua de lluvia atestiguaban la impasibilidad de sus amos.

Pero no había tiempo para compadecerse. Localizó una ventana de la cocina (que estaba desierta y a oscuras), en el primer piso, accesible desde el jardín y entreabierta.

Miró el reloj. Las once en punto, hora de actuar.

2 comentarios:

  1. No creo que le pase nada raro al tiempo narrativo. No se me ha hecho pesado ni nada.

    ¡Ay, qué intriga!

    D.

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  2. Yo lo veo bien redactado, un pequeño resumen al principio, explicación de la situación y entrada en acción. Es casi de manual.

    Y encima con una referencia al Monkey Island.

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